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1月13日 Soñar a escondidasEn la oscuridad de tu cama te abrazo y me arropo con el aroma de tus suspiros. 1月6日 La última vezLa vuelta de llave que me invitó a entrar abriéndome la puerta sonó más silenciosa de lo habitual, así que un escalofrío casi premonitorio me recorrió la espalda, despacio, de arriba a abajo, haciéndome temblar casi imperceptiblemente bajo el abrigo. Tal vez por eso me olvidé de saludar al entrar, como hacía siempre, esperando otro saludo, o incluso un beso quizá, como bienvenida al que desde hacía un tiempo, no demasiado, se estaba convirtiendo en algo muy parecido a mi hogar.
Pero no saludé, dejando entrar así al silencio que desde que saqué la llave del bolsillo, quien sabe si incluso desde antes, estaba esperando, acechante, para entrar y no callar hasta enfrentarnos, y luego alejarse de nosotros entre las risillas malévolas de aquel que disfruta haciendo daño, sólo por fastidiar. No vi a nadie, aunque tampoco me molesté mucho en buscar, pues lo único que quería era quitarme de encima el abrigo con la vana esperanza de quitarme con él el mal presentimiento que desde hacía unos instantes que se me antojaban eternos me abrazaba, oprimiéndome justo a la altura de las costillas para que me costara respirar. Avancé, casi corrí, por el pasillo hasta su habitación -perdón, nuestra habitación. Después de dos meses conviviendo, aún no me había acostumbrado a estos detalles de vocabulario-, me desembaracé del abrigo transformado por mi subconsciente en una especie de camisa de fuerza e inspiré hondo, permitiéndome el lujoso error de dejarme invadir por un alivio que al espirar resultó ser una mera ilusión, pero que, eficiente, cumplió con su deber y me cegó vendándome los ojos con la calma que precede a la tormenta. Alcé la vista y allí estaba, de pie, como la primera vez que nos vimos, tal y como acudía a mis recuerdos cada noche a pesar de estar a escasos centímetros de mí en su -nuestra- cama. Pero sus ojos azules me rehuían, no me miraban, al menos no como entonces, llenos de pasión, de luz y misterio, puede que incluso lujuria... Nunca se lo pregunté. -Tenemos que hablar -el tono de su voz, inseguro y oscilante, casi quebrado, me reveló más que sus palabras, ya de por sí reveladoras, mas prácticamente inaudibles por culpa de ese estúpido silencio que inconscientemente había dejado entrar. Había estado llorando. Seguí sus pasos sin ruido a lo largo de un pasillo que no recordaba tan largo, de paredes tal vez un día blancas, desnudas, que en ese instante me parecieron deprimentes. Una parte de mi cerebro, la más cobarde -o tal vez la más inteligente-, decidió ausentarse para pensar qué hacer para recubrir tanto espacio vacío, qué cuadros colgar o qué pósters pegar... La otra parte de mí, de la que era realmente consciente -a la otra la dejé de escuchar casi de inmediato-, la que prefería pasar por todo aquello una vez más, quien sabe si por masoquismo o por si, de forma ilusa, esperaba aprender algo de una vez por todas, simplemente estaba bloqueada, esperando lo inevitable, llegados a ese punto. Se adentró en el salón y se detuvo frente a la ventana del fondo, grande y luminosa, de forma que su silueta, y sólo su silueta, se dibujaba definida con precisión. Al contraste con la luz, su pelo claro parecía oscuro y sus ojos azules, envueltos en sombras. La claustrofobia me abofeteó con un golpe de ansiedad que reprimí como pude, confinándolo a las paredes de mi estómago, de forma inmediata... Aunque nunca lo estaba, deseé con todas mis fuerzas que la televisión, o la radio, o algo que produjera algún sonido estuviera encendido para alejar de mis oídos el zumbido que, incansable, monótono, inundaba con su silencio la distancia que en esos momentos era mucho mayor que los escasos metros que nos separaban. Y el silencio se fue, y aunque cada fibra de mi ser lo estaba esperando, me pilló completamente desprevenido. Me lanzó una palabra de significado indiferente, pero afilada e hiriente, que apenas pude esquivar con un suspiro de resignación y que se estrelló en la misma pared donde tantas otras palabras se habían estrellado antes, haciéndose añicos, como le habría pasado a los platos, jarrones o figuritas de porcelana que de haber tenido a mano en ese momento me habría lanzado, marcando, con el mudo estrépito de los pedacitos al caer, el final de una tensión palpable que palpablemente nos hería y el principio de una competición sin sentido. Entonces su mirada se crispó y sus ojos me hablaron sólo para maldecirme, y por primera vez me sentí derrotado antes de empezar. No quedaba nada, ¡absolutamente nada!, en aquellos ojos que reconociera como mío... Como nuestro.
Tanto tiempo deseando que fuera la última vez que discutíamos... Y ahora la certeza de que esa era realmente la última me acuchillaba con garras rápidas e impasibles desde dentro para desangrarme sin piedad allí mismo. 1月4日 Definición de "flechazo" (según mi diccionario)A veces la magia especial de una mirada es la casualidad... A veces, por casualidad, derrocho todo mi ser en una de esas miradas. Y a veces, también por casualidad, todo un ser me es devuelto como pago en otra mirada de magia especial... ¿Cuál es la probabilidad de que tantas casualidades sucedan en un mismo instante? Cuando esa probabilidad ínfima ocurre... ...lo llamo flechazo. |
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