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日志


8月6日

Introducción

Dos figuras encapuchadas rompían la línea del horizonte nocturno con su movimiento sigiloso. La luna estaba llena, pero a pesar de la claridad era imposible distinguir lo que llevaban en brazos.

Aunque el camino que seguían, el que llevaba hacía la cima del monte que había cerca del pueblo, no era muy peligroso, caminaban con extrema precaución y sigilo, como si no quisieran romper con el sonido de sus pisadas el silencio anormalmente respetado por los grillos, lobos y demás animales nocturnos.

Ya muy avanzada la noche llegaron a su destino. Tras observar durante unos momentos los elementos que rodeaban la escena en la que se habían detenido, uno de ellos se acercó, seguido inmediatamente por el otro, hasta una roca grande de superficie bastante regular y empezó a colocar con cuidado, como si se tratase de una mesa de fino cristal en lugar de una piedra, lo que había estado cargando en brazos toda la noche; unas velas, unas piedras de colores, un cuenco y unas hierbas aromáticas para quemar.

"Es nuestra última oportunidad", dijo el hombre mientras sostenía en sus brazos un bulto de mantas que envolvían a un bebé dormido.

"Es nuestra única oportunidad", le corrigió la mujer que estaba a su lado, mientras se acercaba al altar que habían improvisado sobre la roca y encendía las velas que dejaban completos los detalles del ritual.

"¿Crees que funcionará?", preguntó el hombre un tanto temeroso.

"Tiene que hacerlo... Después de todo, es lo mejor que podemos ofrecerle. La magia desaparecerá de nuestro mundo con esta noche, y entonces la guerra y el caos se adueñará de nuestros destinos... ¡¡No quiero eso para nuestro hijo y sólo hoy tendremos poder suficiente para evitarlo!!"

"¿Crees que el mundo de la tecnología será el adecuado para él, para nuestro heredero, el heredero de toda la magia que ha existido y existirá?"

"Sabes que eso no es así, lo sabes...", la mujer le miró intensamente a los ojos y no apartó la mirada hasta asegurarse de que no quedaba rastro de duda en las pupilas del hombre. "Si se queda aquí será el heredero de nada y su destino será la miseria y la muerte."

"Tienes razón. Siempre la tienes... Será mejor que empecemos, el cielo empieza a clarear."

"¿Tienes la carta?"

"Por supuesto." Dijo el hombre escondiendo un trozo de papel entre las mantas del bebé. A continuación lo depositó con sumo cuidado en el centro del altar y, muy despacio, como si hacerlo le requiriera mucha más energía de la que poseía, lo soltó.

"Estará bien." Trató de tranquilizarle la mujer sin mucho éxito, pues ella misma seguía preocupada, mientras trazaba un círculo alrededor de su hijo con una tiza blanca...

Entonces se cogieron de la mano y empezaron a invocar a los dioses de la Naturaleza, el Tiempo y el Cosmos en silenciosos murmullos. El círculo de tiza empezó a brillar tenuemente y fue ganando intensidad según los cánticos de sus padres también lo hacían.

Y de pronto un fogonazo de luz cegadora invadió todo lo que alcanzaba su vista según el sol asomaba por el horizonte, indicándoles que toda la magia del mundo había desaparecido.